Privacidad
Todo mal
Mis más cercanos saben que me tomo mi privacidad muy en serio. Ya lo he comentado un poco en posts anteriores, pero quería dedicarle un espacio propio porque es uno de los temas más temas entre los temas.
Mi privacidad
A nivel personal, suelo tomar medidas (no siempre efectivas, pero como mínimo simbólicas) para mantener mi privacidad lo más resguardada posible. No tanto de las personas, sino de las corporaciones que tienen un nivel de control enorme sobre nuestros dispositivos.
Aun así, soy consciente de que esto no alcanza. El control que esas empresas tienen sobre nuestros teléfonos, computadores y servicios, sumado a la dificultad real de saber si estamos siendo vulnerados o no, y la dependencia que tenemos de esos mismos dispositivos hace que sea muy difícil (quizá imposible) estar completamente protegido. Aun esforzándose por compartir la menos información posible con celu, la batalla se siente un poco perdida. Y si esto le pasa incluso a quienes intentamos hacer algo, es inevitable pensar en la situación de la gente que ni siquiera lo intenta.
La importancia de la privacidad
El poder que le estamos dando a estas grandes corporaciones todavía no alcanza todo su potencial, y aun así ya parece casi ilimitado. La rapidez con la que estas tecnologías llegaron a nuestras manos no nos permitió, como humanidad, mantener el ritmo de educación digital que se necesitaría para usarlas de forma responsable y segura.
Se suele decir que la gente mayor es más ignorante de “lo digital” porque no sabe usar Bluetooth o no sabe lo que es el wifi. Pero a veces pienso que ese recelo con el que crecieron (por contradictorio que suene) los protege más que a quienes nacieron en un mundo donde entregar datos se volvió natural. Las generaciones que han vivido toda su vida con estas herramientas desarrollan una confianza que, en mi opinión, estas plataformas no se merecen. Se acostumbra a entregar datos porque es “lo normal”. Y eso tiene un costo altísimo. Mi generación creció con una actitud de entrega total, es hasta divertido pensar que los que solo le dan a “aceptar” una y otra vez al instalar un programa son los que saben de tecnología, y mi mamá, que es a la que le da ansiedad apretar el botón de “acepto los términos y condiciones” sin leerlos es la pava que no cacha nada.
Cuando he discutido sobre esto me han preguntado: “¿Qué importa que sepan qué comiste hoy? ¿Qué importa que sepan tu ubicación? No pueden hacer nada con eso”. Podría pasarme el día entero explicando por qué sí pueden, y por qué es peligroso.
A lo largo de la historia hay antecedentes de información recopilada sobre personas que luego fue usada en su contra por estados totalitarios, por organizaciones, o simplemente por otros individuos con intención de hacer daño. Y lo más increíble es que la información que se prestó para hacer un daño gigantesco en ese entonces no se compara ni de cerca con la información que hoy tienen estas corporaciones. El daño potencial es inmenso.
Además, vivir tantos años en una relativa paz nos hizo creer que el sufrimiento a gran escala era cosa del pasado. Pero el mundo, día a día, nos recuerda que no, que vivimos en constante peligro, y hay gente que puede ir tras de nosotros por motivos tan arbitrarios como la raza, la situación económica o la forma de pensar.
En un curso de privacidad de datos escuché una idea que se me quedó grabada: en privacidad, “uno más uno es tres”. Los modelos que relacionan información hoy son tan avanzados que, a partir de datos que parecen arbitrarios, se pueden inferir información extra con muchísima precisión.
Un ejemplo conocido era que un supermercado, siguiendo patrones de compra, pudo deducir que una loca estaba embarazada a partir de datos como la compra de ciertos productos, cambios de dieta, y cosas así. En este caso, el “1+1” es la información que el supermercado recolecta de las compras, y suman “3” ya que a partir de esta información se pueden inferir con precisión cosas como un embarazo.
Otro ejemplo que dieron en el ramo fue que se intentó predecir la orientación política de personas usando sólo sus likes en redes sociales. Y esos modelos obtuvieron un mejor rendimiento que familiares cercanos al predecir esta orientación (en promedio, sólo la pareja superaba al modelo). O al menos así recuerdo que era la wea, si quieren fuentes googleenlo ustedes mismos. Si eso les molesta están en el blog equivocado.
Y por último, sobre los peligros que esta información presenta, conversando con alguien que desarrolla, me contó que en una empresa de cobros usaban IA que recolectaba datos de fuentes abiertas para encontrar deudores a partir de descripciones muy vagas: un primer nombre, una zona, a qué se dedica, y weas así. El programa recolectaba y cruzaba información y era muy efectivo. Pal pico po weón.
Es difícil remar en contra de las redes sociales, pero hacerlo se ha vuelto importante para mí, las detesto. No sólo porque se toman licencias de saber cosas que no quiero que sepan, sino porque además afectan la productividad y alimentan una lógica que siempre empuja a querer más, a ser adicto. Pero hay algo que últimamente me preocupa más de lo usual, el impacto directo sobre la opinión pública. Con todo lo anterior, uno podría pensar que “mientras más anonimidad, mejor”. Y yo creo que no siempre es así. Es complicado.
Las plataformas masivas
En plataformas como Twitter, por el tamaño que tienen, se crea realidad. Ese espacio influye en la opinión pública, y hoy está infestado de multicuentas, bots, y malas prácticas que aprovechan el algoritmo para potenciar discursos de forma rancia. Y más encima, al permitir publicar sin una identidad real de respaldo, se vuelve muy fácil difundir mierda sin miedo a represalias.
No digo que el problema sea “la gente opinando” o “la libertad de expresión”. El problema es que una infraestructura de comunicación masiva, que termina moldeando percepciones y decisiones, puede ser manipulada con demasiada facilidad.
Por un lado, valoro el anonimato o, al menos, la posibilidad de no tener que exponer tu identidad para participar en conversaciones públicas. Pero por otro lado, la anonimidad hace difícil poder tener una plataforma pública donde al menos exista alguna garantía de que hay una persona real detrás de cada cuenta, y que la proporcionalidad de las opiniones sea más o menos real. La plataforma está demasiado podrida.
Posibles soluciones
Pasé mucho rato escribiendo sobre posibles soluciones, pero las ideas que se me ocurrían probablemente fueron ideas que alguien ya probó. Al final del día no se trata de si hay mejores alternativas o no, se trata de que la gente las use. Probablemente alguien ya creó una posible solución y nadie se tomó la molestia de probarla, la verdad es que a poca gente le interesan lo suficiente estos temas como para atreverse a ser parte de un cambio.
Todos los caminos llevan a Roma
Como en casi todos los temas que nos afectan como sociedad, se llega al gobierno. En teoría, el gobierno debería ser la entidad capaz de resolver problemas que requieren un criterio común, como regular espacios compartidos que nos afectan a todos.
Pero estamos estancados. Cuando buscamos soluciones, pensamos en políticas públicas concretas o en “soluciones técnicas”, y hablamos menos de lo que, para mí, es lo realmente importante: cómo tener un estado legítimo capaz de tomar esas decisiones de forma realmente representativa y que busquen el bien común.
Un Estado legítimo
Yo creo mucho en el trabajo en equipo como sociedad. Es evidente que hay problemas que, resueltos como comunidad, nos llevan a soluciones mucho mejores que estrategias descentralizadas como las que suele proponer el mercado. En mi mundo ideal, las economías serían planificadas, y recursos tan importantes como nuestros datos no quedarían en manos de corporaciones cuyo incentivo es extraer valor económico, sino que quedarían bajo una institucionalidad que represente realmente a todos.
Dicho eso, hay algo que también considero una realidad: no estamos ahí.
Y una lección que la historia nos repite es desconfiar de quienes tienen poder. En lo personal, no distingo demasiado entre poder político y poder económico: no creo que la forma de acceder al poder cambie, en lo esencial, los intereses que termina teniendo quien lo concentra. Sin fiscalización, el poder tiende a concentrarse cada vez más, da lo mismo el sistema político y su ideología.
La conversación sobre privacidad y plataformas no se resuelve sólo con nuevas tecnologías o políticas públicas, hay un problema político de fondo.
Un mundo mejor
A pesar de que lo siento lejano, sigo siendo optimista. El camino probablemente será sufrido (quizá más de lo que me imagino), pero tengo fe en que vamos a llegar a un mundo mejor. Que aparecerán alternativas, y que vamos a aprender. Pero también estoy convencido de algo: no vamos a llegar a ese mundo sin resolver el problema de raíz.
Un mejor sistema político, una mejor forma de organizarnos es lo que, en último término, nos va a llevar a un mundo mejor. Tal vez la solución no sea la lotocracia, como creo que es, pero por el amor de Dios, no sigamos con esta mierda, llegó el momento de probar algo nuevo.