El futuro de las redes sociales

El vaso medio lleno

Desde que escribí la publicación anterior no he parado de pensar en este tema. Y mientras lo conversaba con algunos de mis amigos, fui dando forma a lo que creo que puede ser un buen modelo para el futuro de las redes sociales. Por modelo no solo me refiero a una buena arquitectura en el sentido técnico, sino también en el sentido… ¿valórico?

Hay hartos puntos en común con la publicación anterior y algunas ideas inevitablemente se van a repetir. Aun así, quiero que este post sea autosuficiente y se pueda entender sin haber leído el otro, así que volveré a explicar brevemente el contexto necesario.

La presente no es para nada una idea original en sí misma. Desde los inicios de este corto pero eterno siglo XXI, que trajo consigo la masificación de internet, ha habido múltiples intentos de construir algo tomando varias o incluso la mayoría de las ideas que acá presento. Si creo que ninguno las tomó todas, no es por poca iniciativa ni por un mal diagnóstico de los problemas que las redes sociales masivas presentaban entonces y siguen presentando a día de hoy, sino porque el contexto en el que nacieron estas ideas no era el apropiado.

El hábitat

Vivimos en un mundo digital. Es imposible entender el comportamiento de las personas ni comprender las sociedades sin tener en cuenta qué pasa en su mundo digital. Las redes sociales dejaron hace mucho de ser un simple medio para comunicarse: son capaces de crear realidad y son descaradamente utilizadas como una herramienta de control, con capacidades nunca antes vistas en la historia, por quienes las manejan. Desarrollar por qué es peligroso y nocivo para la sociedad que las redes sociales estén centralizadas da para escribir un libro, así que no lo haré. Por suerte, no creo que sea necesario: todos sabemos lo ctm que son estos weones.

Esa también era una de las banderas ideológicas de la Beauchapp. Su importancia nunca estuvo solamente en sus funcionalidades concretas, sino en demostrar que una comunidad podía tener una plataforma hecha desde su propia realidad, ajustada a su cultura y gestionada pensando en sus intereses. Vivimos en un mundo donde no somos dueños de nuestros datos y donde empresas extranjeras y algoritmos terminan moldeando nuestra manera de pensar. No creo que en mis manos esos datos estén necesariamente mejor. La gracia es que el poder esté menos concentrado y que las comunidades puedan decidir sobre los espacios digitales que habitan.

La weá es que, de forma natural o dirigida, tanto nosotros como individuos como las comunidades de las que somos parte buscamos constantemente nuestro espacio en el mundo digital:

  • Los grupos de amigos viven en grupos de WhatsApp.
  • Los estudiantes de la U de Chile viven en U-Cursos.
  • Cuando entré a la U, creaban el grupo de Facebook de los mechones.
  • Cada familia tiene su grupo de WhatsApp para coordinarse.
  • Las pegas tienen sus Slack, Microsoft Teams o weás así.
  • Los equipos de fútbol tienen su grupo de WhatsApp.
  • Los medios de comunicación tienen su Instagram.
  • Las ligas se organizan por WhatsApp.
  • Las armies de K-pop probablemente tengan sus wasap.
  • Los fanáticos de un juego forman comunidades en Discord.
  • Los nerds se juntan en foros de Reddit.
  • Etc.

Y aunque la demanda por domicilios digitales es infinita, la oferta es bastante limitada. Aunque intenté diversificar los ejemplos de dónde terminan habitando los grupos, la verdad es que la principal y vieja confiable de los hogares digitales suele ser el grupo de WhatsApp. Son excepcionales los casos en que se crea otra cosa. Está el grupo de la familia, del equipo de fútbol, de la generación, de la directiva, de la oficina, del trabajo, de la tarea, del proyecto, de la iglesia, etcétera, etcétera, etcétera.

La siguiente pregunta resulta bastante natural: ¿por qué ocurre esto? ¿Por qué se usa tan poco software para resolver una cantidad tan diversa de problemas?

Efecto red

El efecto red es, según ChatGPT:

Cuando un producto o servicio se vuelve más valioso a medida que más personas lo usan. Por ejemplo, WhatsApp es útil principalmente porque gran parte de tus contactos ya está ahí.

Y bueno, tiene sentido. La flojera de la gente no conoce límites, y muchas veces abrir un link con un clic y “Acceder con Google” con otro ya es suficiente fricción para desechar una buena plataforma de una patada en la raja y volver corriendo a los brazos de la vieja confiable. También está el roce que genera, no diría aprender a usar una nueva app, sino hacerse la idea de aprender a usar una nueva app. Pico, la weá es que la gente es floja y cuesta sacarla de su zona de confort.

Costos

Mantener y desarrollar una aplicación es caro. No es fácil desarrollar software y requiere recursos de los que solo una gran corporación puede disponer… o así era hace tres años.

IA

Pum pam pum, obvio que íbamos a hablar de this little piece of shiet. Si me pongo a escribir de IA también terminaría escribiendo un libro, así que iré directo al grano. Con IA todo se puede, Padre, Hijo, Espíritu Santo, amén.

Hablando en serio, hay cosas para las que la IA es muy buena y otras para las que no tanto, y desarrollar toneladas de software de baja o mediana complejidad es algo que ha demostrado hacer muuuy bien a día de hoy, sin que aún conozcamos cuál terminará siendo el límite real de sus capacidades. Obviamente, el ejemplo que me gusta dar es el de la Beauchapp. Aunque le he puesto mucho, mucho esfuerzo a la app culiaa, sigue siendo surreal la cantidad de features, funcionalidades y código que tiene, considerando el tiempo que llevo trabajando en ella. Crear algo así en tres meses, por intenso que fuera el trabajo, era imposible de imaginar hace algunos años.

Sobre todo considerando que, en este momento, el cuello de botella de la app ya no es el aspecto técnico ni el desarrollo, sino integrar a la comunidad en la plataforma y trabajar con las comunidades para brindar la experiencia que ellas quieran y autodeterminen, como ocurrió con la integración de la Copa CDI con ayuda del CDI.

El poder de la inteligencia artificial es algo a lo que ni siquiera los más vanguardistas están acostumbrados. Todavía me pasa que, mientras hago algo, me doy cuenta de que podría habérselo pedido a la IA. Crecimos en un mundo donde aprendimos a hacer las cosas según nuestro propio contexto, pero no creo que esto sea así para las nuevas generaciones. Tal como nosotros nacimos con los smartphones e internet y desarrollamos una capacidad superior a la generación de nuestros papás para identificar problemas que estas tecnologías permitían resolver, ellos integrarán las nuevas herramientas y se adaptarán como si nada.

Las nuevas generaciones van a nacer con la IA y, tal como integrarán sus capacidades de forma natural, sus expectativas no serán las mismas. No solo querrán usarla en las cosas que hagan y ocupen, sino que esperarán poder hacerlo. Y en algún momento algún niño rata que junta el álbum del Mundial dirá: “ChatGPT, quiero poder intercambiar láminas del Mundial por wasap”, y ese será el inicio del fin.

El costo de la centralización

¿Qué tan viable sería agregarle a WhatsApp una función para acordar intercambios de láminas con tus amigos? Completamente inviable. Cambiar una línea de código de la plataforma probablemente cueste miles de millones de pesos y, si es para satisfacer la necesidad de un nicho tan acotado de clientes, no tiene sentido hacerlo. WhatsApp busca solucionar un problema general y cada funcionalidad que agrega debe ser de utilidad universal. Lisa y llanamente, no hay espacio en una estructura tan estática y masiva para problemas particulares.

¿Cómo se personaliza entonces la experiencia de una comunidad? Existen dos formas principales. Ante el problema de ponerse de acuerdo con el pago de la cuota de un carrete, por ejemplo, se puede:

  • Usar las herramientas que entrega WhatsApp, que son pocas. De este método nacen las horripilantes listas de este estilo:
  1. Juan 💰 👍
  2. Camila 👍
  3. Pedro 💰
  4. Daniel ❌

Que se reenvían una y otra vez en el chat hasta lograr su objetivo.

  • Usar una herramienta externa, como puede ser Tricount o When2meet. Aunque muchas veces son buenas, su nula integración con el “hogar” que viene a ser el grupo de WhatsApp les quita una cantidad enorme de potencial. Además, el roce que generan cosas como tener que instalar otra aplicación no es menor.

Está claro que este formato es, como mínimo, no ideal. WhatsApp es una aplicación diseñada para cambiar poco. La mayoría de las aplicaciones lo son. Crear software y probarlo era algo muy difícil y costoso, pero esto ya no es así. La IA traerá la personalización, y la personalización acabará con este tipo de aplicaciones: o te adaptas o mueres.

Plugins

Construir una red social cuyas funcionalidades se puedan personalizar mediante plugins es una idea que ya se ha explorado. HumHub toma la idea de tener una red social personalizable por medio de plugins, donde se puede alojar una instancia propia y ajustarla como se desee. Aunque es de código abierto, me da la impresión de que el rol de la comunidad dentro de un desarrollo descentralizado no llegó a consolidarse.

Lo encuentro normal, porque la idea nació en un tiempo en que no había IA y, por lo tanto, no existían suficientes incentivos para priorizar la integración del trabajo de la comunidad y alcanzar una personalización lo suficientemente brígida. La aplicación dice tener, como mínimo, 80 módulos que se pueden agregar a los espacios, pero podemos descartar con seguridad que haya sido pensada para que una IA llegue y agregue funcionalidades por parte del cliente.

Hay un proyecto mucho más reciente y todavía más cercano a esta idea llamado Bonfire. Es una plataforma abierta y modular que permite a las comunidades controlar sus reglas, sus datos y las funciones que quieren usar, además de conectarse con otras comunidades sin depender de una red social central. Sus herramientas se pueden agregar, sacar o modificar, así que, si uno mira solamente los grandes principios, se parece caleta a lo que estoy proponiendo.

Donde creo que aparece la diferencia es en el punto de partida. El centro de Bonfire sigue siendo darle a una comunidad su propio espacio digital. Lo que yo imagino es que una misma persona pueda habitar muchos espacios y que cada uno pueda convertirse en el software que necesita para organizarse. Una familia, un gimnasio, una liga o un carrete no solo necesitan conversar de maneras distintas. Necesitan calendarios, inscripciones, pagos, votaciones, registros y herramientas que probablemente no tengan nada que ver entre sí.

La idea no es que cada comunidad tenga que levantar su propia red social y comenzar de nuevo, sino que todas compartan una puerta de entrada mientras construyen experiencias radicalmente distintas. Por eso importa que las herramientas puedan conversar entre ellas, ser reemplazadas y conocer solo la información que realmente necesitan. Los contratos y los límites técnicos vienen después. Son una consecuencia de querer que esa libertad no termine dejando la pura zorra.

Son bacanes los plugins, y siento que son un buen concepto para comenzar a integrar código hecho con IA a nuestras plataformas mientras todavía nos preocupa, con razón, su integridad. Por medio de límites y contratos claros se puede rayar la cancha lo más posible para minimizar riesgos. No digo que sea infalible, pero sí que puede ser un buen comienzo, acompañado por todas las formas de verificación que la ciencia provea.

Idea

Lo que imagino es un núcleo de funcionalidades mínimas, como la identidad y la gestión de los datos personales más importantes. Luego vendría un ecosistema de plugins, con un rol activo de la comunidad tanto en el desarrollo como en la regulación de cada funcionalidad. Así, aunque la plataforma integre aplicaciones distintas, o espacios con distintas combinaciones de plugins, el efecto red se mantiene porque tu perfil es universal, mientras cada espacio ofrece una experiencia diferente según las herramientas que utiliza.

Conceptualmente, la idea es construir hábitats digitales adaptables. Un espacio podría representar a una familia, un equipo, una liga, un gimnasio, un curso, un paseo o un carrete. Algunos durarían años y otros una sola noche. Lo importante es que cada uno pueda organizarse según sus necesidades sin partir desde cero ni obligar a todos los demás a cargar con las mismas funciones.

Tu identidad sería universal, pero no toda tu información. No deberías tener que mostrarle lo mismo a tu familia, a tu equipo de fútbol y a una liga. Cada espacio conocería solo lo necesario para el propósito que cumple y por el tiempo en que lo necesite. Compartir un dato con una comunidad no debería convertirlo en propiedad de la plataforma ni hacerlo visible para todo el mundo.

Y acá vuelve la bandera de la independencia digital: cada comunidad debería poder decidir qué herramientas usa, qué reglas tiene, quién puede hacer qué y qué información sale hacia afuera. Las funciones no serían regalos de una empresa todopoderosa, sino piezas que la comunidad pueda elegir, revisar, mejorar y reemplazar. No se trata solo de personalizar colores y ordenar botones, sino de recuperar parte de la capacidad de decidir cómo queremos vivir juntos en internet.

Entonces, dos espacios podrían sentirse como aplicaciones completamente distintas y aun así compartir una misma puerta de entrada. Se conservaría el efecto red sin condenarnos a que todas las comunidades tengan que vivir de la misma manera. Quizás el futuro de las redes sociales no sea una plaza gigantesca controlada por una empresa, sino una ciudad llena de hogares diferentes, construidos y gobernados por quienes realmente los habitan.

Y es que, si cada persona pudiese construir su propia casa, ¿serían todas las casas tan parecidas entre sí?

El problema de la personalización

Otro motivo por el que las experiencias muy personalizadas a veces tienen problemas de integración es lo tedioso que puede ser incorporar a las personas a cada nueva funcionalidad. Aun así, no creo que someter a ese estrés a la administración del grupo sea algo tan grave.

Quienes administran un grupo suelen ser también quienes están más comprometidos con su razón de ser. Por lo mismo, son quienes tienen más incentivos para aprender a usar nuevas herramientas, decidir cuáles valen la pena y facilitarle la experiencia al resto de la comunidad.

Esta parte está escrita al final justamente porque no le he dado tantas vueltas. Es un punto interesante, pero no me baja del barco.

Avances(?)

Luego de dos días de chat intenso, documenté lo que me gustaría de la app y dejé a Astra corriendo para que me hiciera algo bueno. Mi mugriento plan de 20 dólares no soportó. Tendré que esperar a la otra semana para continuar.

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